4 de diciembre de 2016
3 de diciembre de 2016
Homilía - Domingo 2º Adviento
Realmente
la Palabra que podemos escuchar durante este tiempo de adviento nos puede
resultar bastante poético. Son los profetas los encargados de poner como
melodía a la Palabra de Dios. El Adviento es un tiempo litúrgico que nos está
invitando a la conversión. Y por ello parezca que no es tan “drástico” como lo
puede ser el tiempo de la Cuaresma. Pues este tiempo a lo que nos lleva es al
encuentro con Dios – Niño, tierno, dulce, etc. de fácil aprehensión por nuestra
parte, y la Cuaresma nos prepara para la pasión, muerte y resurrección, pero
muchas más veces son las que nos estancamos en la muerte, y claro esta es más
lúgubre y la desechamos.
Isaías nos relata la posibilidad que
de un palo seco pueda brotar algo. Esto -queridos hermanos- a nosotros no nos
resulta extraño. Contemplemos cada año el proceso de la viña, ¿acaso no brota
de algo seco? Nos habla de la posibilidad de habitación de animales que han
nacido para enfrentarse. Sin embargo, lo que Dios nos ofrece es salvación y no
espalda contra espalda. Nosotros no somos esa ristra de animales que el profeta
acaba de enumerar, sin embargo, nos cuesta relacionarnos, por decirlo -también-
de la forma más fina posible.
El pueblo de Israel vive de la
esperanza de lo que le anuncian los profetas. Estos no inventan, tienen una
especial relación con Dios, el Señor les habla para que nos hable. El pueblo
vive en la esperanza de la salvación, de la redención, ¿acaso nosotros no
deberíamos vivir más en esta clave? Sin embargo, parece que quien esperamos que
nos saque del agujero es la suerte, las carambolas. La relación que podamos
tener con Dios no ha de ser casual, por casualidad, porque, aunque es verdad Él
siempre está a ver si nos encuentra, necesita nuestro asentimiento y
consentimiento para acercarse y darnos el abrazo. Y no pasa nada por cómo nos
presentemos ante Él, pues Él es especialista en abrazar nuestra miseria,
nuestra basura, y convertirla en oro refinado. El intercambio es entre ambos,
no es posible solo de una parte hacia la otra: Dios siempre está por la labor,
¿y nosotros?

Hoy 03 de diciembre la Iglesia celebra a San Francisco Javier, sacerdote jesuita considerado patrono de todos los misioneros y llamado “gigante de la historia de las misiones”, por las muchas conversiones que logró en el lejano oriente en tiempos muy difíciles.
San Francisco Javier nació en 1506, en el castillo de Javier de Navarra, cerca de Pamplona (España). A los 18 años fue a estudiar a la Universidad de París (Francia) y obtuvo el grado de licenciado. Tuvo como compañero de pensión al Beato jesuita Pedro Favre y conoció al entonces estudiante San Ignacio de Loyola, quien le solía repetir la frase de Cristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”
Poco a poco estas palabras fueron calando en su corazón. Gracias a los ejercicios espirituales de San Ignacio pudo comprender lo que su amigo le decía: "Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente".
Se consagró al servicio de Dios con los jesuitas en 1534. Años después fue ordenado sacerdote en Venecia. Más adelante, estando en Roma, San Francisco Javier ayudó a San Ignacio con la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.
San Francisco Javier nació en 1506, en el castillo de Javier de Navarra, cerca de Pamplona (España). A los 18 años fue a estudiar a la Universidad de París (Francia) y obtuvo el grado de licenciado. Tuvo como compañero de pensión al Beato jesuita Pedro Favre y conoció al entonces estudiante San Ignacio de Loyola, quien le solía repetir la frase de Cristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”
Poco a poco estas palabras fueron calando en su corazón. Gracias a los ejercicios espirituales de San Ignacio pudo comprender lo que su amigo le decía: "Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente".
Se consagró al servicio de Dios con los jesuitas en 1534. Años después fue ordenado sacerdote en Venecia. Más adelante, estando en Roma, San Francisco Javier ayudó a San Ignacio con la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.
2 de diciembre de 2016
1 de diciembre de 2016
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