31 de agosto de 2014

Novena de la Virgen de Viloria - "Tu gracia vale más que la vida"


En la tarde de este domingo nos congregamos como comunidad cristiana para celebrar al Señor, “su gracia vale más que la vida”. Y porque Él nos lo da todo gratuitamente, nosotros le correspondemos con este ratito semanal, en el que con el corazón en vilo nos disponemos a tener los sentidos muy abiertos para escuchar la voz de su súplica. Nos recogemos interiormente para que el Señor nos posea, alzamos nuestros brazos hacia nuestra madre María que nos entrega a su Hijo Jesús, su mayor tesoro, su mejor herencia.

Es domingo y los cristianos sentimos una llamada en nuestro interior para juntarnos, para celebrar a nuestro Señor muerto y resucitado. Nos reunimos como pueblo que peregrina en esta localidad de Cigales, una pequeña parte de la gran comunidad cristiana que peregrina por los cuatro puntos cardinales de nuestro planeta. Y que hoy peregrina más si cabe, porque se ha acercado caminando a esta hermosa ermita para venerar a la Madre, a la toda gracia, a aquella que en primera persona ha sentido que el Señor “vale más que la propia vida”; Jesús es su propia vida.

Es el Señor, por medio de su Iglesia, El que nos convoca cada domingo para celebrar el primer y octavo día de la Semana. Nosotros acudimos alegres, como hermanos agradecidos, al encuentro del Señor. Por ello no escatimemos el tiempo que podamos estar en su presencia. Vivamos con orgullo el domingo como testimonio de nuestra fe sincera, apasionada. Reunirnos como hermanos en torno a este altar nos honra, puesto que si nos sentimos hermanos es porque procedemos de un mismo Padre, creador nuestro. Reunirnos nos recuerda que somos parte de un todo, miembros de un cuerpo que es la Iglesia, en el que Cristo es la cabeza y “su gracia vale más que la vida”.

En esta tarde de domingo y en esta ermita, también, buscamos la paz del alma; serenarnos por dentro, entrar en comunión con el Señor de mi vida. Buscamos el susurro de Dios que se escucha en medio del silencio y de la oración, de la liturgia como expresión celebrativa de la fe. Especialmente en su Palabra, escuchada con atención, con ánimo sincero de sintonizar con lo que de ella se desprende. No es simple palabra hermanos. No es palabra muerta. Es Dios mismo quien nos habla, nos habla por medio de creyentes, hombres y mujeres, que como nosotros, recibieron la fe de sus padres, que sintieron la vocación por llevar el mensaje de salvación a todos los hombres para que estos se dieran cuenta que el Señor “vale más que la vida”, que como Santa Teresa, también, decía “solo Dios basta”.

La Palabra de Dios ilumina la vida de los creyentes y esta que hemos escuchado en esta tarde nos anima a aferrarnos a la cruz, porque de la cruz del Señor procede la vida, procede toda esperanza, en ella se encuentra clavado la salvación del mundo. 

¿Acaso no sabemos claramente lo que nos quita la vida? Ciertamente, no comer, no beber, la violencia, la enfermedad, etc.,… nos quita la vida pero la Vida, con mayúsculas, aún a falta de vida biológica, nos la da el Señor desde la cruz. No solo por su ejemplo, no solo por su testimonio, sino porque es Dios y su gracia “vale más que la vida”.

Queridos hermanos, acabamos de escuchar la recomendación del Señor: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Más claro imposible. Dejémonos de superficialidad, incluso se puede ser superficial religiosamente hablando, e injertémonos en esa cruz en la que está la vida. Allí, al pie está María, madre de Dios, también está Juan, el discípulo amado. Vayamos nosotros también, llevemos a otros con nuestro ejemplo, con nuestro amor, con nuestro servicio, con nuestra vida. Que así sea.

30 de agosto de 2014

Hoja Parroquial - Domingo XXII T.O. Ciclo A


De los escritos de Madre María Evangelista

Alma devota, teme y ama a tu Dios. Guarda con toda diligencia tu corazón y procura siempre tenerlo limpio y puro para Dios. Siempre se ha de estar con cuidado de no ofenderle y, si pecares, no desconfíes de su misericordia. Por muchos y muy graves que sean tus pecados, nunca desesperes del perdón. Caíste: levántate, vuélvete al médico de tu alma que hallarás abiertas las entrañas de su piedad y misericordia.

    Caíste otra vez: otra vez te levanta. Gime y llora, y la misericordia de tu Redentor te recibirá. ¿Caíste la tercera vez y la cuarta y muchas veces?: otra vez te levanta. Llora, suspira y humíllate, y tu Dios no te desampara. Nunca despreció ni despreciará jamás al corazón contrito. Nunca desechó ni desechará jamás a los que acuden a Él con verdadera penitencia. Si tú no dejas de levantarte, Él no dejará de recibirte. Por lo cual, aunque en espacio de una hora caigas cien veces, aunque caigas millares de veces, tantas cuantas cayeres te levanta con la santa esperanza del perdón. Y cuando te vieres en pie, alaba al Señor y dale gracias, porque no permitió o que fuese más peligrosa tu caída o que durases más tiempo en ella. Conoce humildemente tu culpa y abomina firmemente de vivir mejor enmendando la vida, y con esto asegúrate de que Dios te perdonará.

28 de agosto de 2014

San Agustín de Hipona

Nació el 13 de noviembre del año 354, en el norte de África. Por su extraordinaria inteligencia sus padres lo enviaron a estudiar a Cartago. Allí estudió retórica y filosofía y vivió una adolescencia inquieta por cuestiones doctrinales y de libres costumbres. A los 17 años se unió a una mujer y con ella tuvo un hijo, al que llamaron Adeodato. En su búsqueda de la verdad se unió a la secta Maniquea.
En Milán, obtuvo la Cátedra de Retórica y fue muy bien recibido por san Ambrosio, el Obispo de la ciudad. Agustín, al comenzar a escuchar sus sermones, cambió la opinión que tenía acerca de la Iglesia, de la fe, y de la imagen de Dios.
Santa Mónica, su madre, trataba de convertirlo a través de su constante oración y sacrificios. Lo siguió hasta Milán porque quería que se casara con la madre de Adeodato, pero ella decidió regresar a África y dejar al niño con su padre.
Agustín estaba convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía a convertirse. Al final se convirtió en el año 387, a los 33 años. Se dedicó al estudio y a la oración. Hizo penitencia y se preparó para su Bautismo. Lo recibió junto con su amigo Alipio y con su hijo Adeodato, que tenía 15 años. Adeodato murió poco tiempo después.
Agustín se hizo monje, buscando alcanzar el ideal de la perfección cristiana y regresó a África, En el año 391, fue ordenado sacerdote y comenzó a predicar. Cinco años más tarde, se le consagró Obispo de Hipona. Organizó la casa en la que vivía con una serie de reglas convirtiéndola en un monasterio en el que sólo se admitía en la Orden a los que aceptaban vivir bajo la Regla escrita por san Agustín. Esta Regla estaba basada en la sencillez de vida. Fundó también una rama femenina.
Fue muy caritativo, ayudó mucho a los pobres. Durante los 34 años que fue Obispo defendió con celo y eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia como “Confesiones” y “La Ciudad de Dios”.
Murió enfermo en el año 430.

27 de agosto de 2014

Excursión a las Edades del Hombre - Aranda de Duero - EUCARISTÍA



Santa Mónica


"Cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando el grita, yo me callo. Y como para pelear se necesitan dos, y yo no acepto la pelea, pues… no peleamos". (Santa Mónica) 


Hoy, 27 de Agosto, celebramos la fiesta de SANTA MÓNICA, madre de San Agustín, modelo de esposa, madre, mujer y cristiana,

Mónica significa: "dedicada a la oración y a la vida espiritual".

Patrona de las mujeres casadas y modelo de las madres cristianas.

Mónica, la madre de San Agustín, nació en Tagaste (África del Norte) a unos 100 km de la ciudad de Cartago en el año 332.